
Como se acerca Halloween contaré una auténtica historia de terror.
Imagínate que llevas mucho tiempo pensando en emprender. Que sí, que no, que sí, que no.
Finalmente, sí. Te lanzas. O más bien, dices que te vas a lanzar. Que lo vas a hacer ya. Por fin.
Te imaginas las caras de tus padres, amigos, jefe viendo como al final te lanzaste. El éxito que tienes y la cara de bobos que se les queda.
El fuego que llevas dentro por fin va a ser antorcha.
Inviertes, aprendes, trabajas y sueñas que vas a lograrlo, que vas a conseguirlo. Que todas las historias mentales que tuviste con conseguirlo se van a cumplir.
Que todas las historias de falta de valía, de que no eres suficiente se esfuman con el viento.
Empiezas.
Primero vas a Instagram, luego haces algo de email, de Linkedin, quedas con gente.
Empiezas a moverte.
Sin mucha dirección, es verdad. Pero a moverte. No hay ingresos, solo ovarios & cojones.
Aunque hay miedo, el miedo es un moco viscoso que se pega a la piel y cuesta quitarse.
Inviertes más, aprendes más, te esfuerzas más y un día decides que vas a salir de tu cueva.
Instagram y tal está bien. Pero necesitas algo más potente, algo que tenga más fuerza.
Vas a hacer un video en directo serio y vas a vender de verdad. Webinar lo llaman. Venga, pues vamos.
Inviertes en publicidad, en la persona de tráfico, en algo de conocimiento que te enseñe a hacerlos, en el Zoom y en su puta madre.
A estas inversiones hay que sumarle la inversión emocional:
El miedo a la exposición, al qué dirán, al cómo te saldrá, al ridículo (que solo está en tu cabeza) si no vendes, al te lo dije de tus padres, amigos y jefe si no sale bien, y la ansiedad de la mera posibilidad de que eso no salga adelante.
Ahora imagínate que no inviertes 300€ ni 500€ ni 1.000€ ni 2.000€ ni 3.000€ -que es lo que podrías invertir para una primera vez-.
Inviertes 20.000€, 30.000€ o 40.000€.
Inviertes eso y no sale.
Ese dinero se pierde, se va por el desguace más cercano.
No queda nada.
Te quedas sin dinero y con la desolación en la mano.
Imagínate la situación, la incomodidad, la angustia, la cara de tonto que se te queda, la ansiedad, la desidia, el qué voy a hacer ahora, el qué va a pasar, cómo no lo pensé antes, ya me lo dijo mi padre, mi madre, mis amigos y mi jefe. Ya me lo dijo mi puto jefe. Joder ese cabrón…¡lo sabía!
Imagínatelo.
Ahora imagínate que todo eso, toda esa mierda, toda esa angustia, todo ese malestar se podría haber evitado sabiendo la información correcta.
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Miguilín Ositos.

