
Cuando estaba en la universidad solo me importaba:
– Fumar porros como el desgraciado que soy.
– Ligar como el enfermo que soy.
– Liarla como el liante que fui.
Así que cuando estas 3 cosas se juntaban lo más normal es que no fuera a clase.
Estaba de resaca, me dolía la cabeza, de repente me había quedado a dormir en casa de un amigo…lo que fuera.
Como vivía en Matrix un día no me enteré de que pusieron un examen.
Pero es que ni me enteré que lo pusieron ni me enteré que lo hicieron. Falté a clase siempre, literalmente.
Miento, falté a clase siempre menos el primer mes. Un mes que coincidió que estaba especialmente feliz y hacía preguntas en clase aparentando que me interesaba el tema.
Así que la profesora me conocía.
Cuando me enteré de que había habido examen rápido hablé con mi amigo Roa a ver qué podía hacer para no repetir la asignatura.
Lo que hizo fue meterse en el ministerio de sanidad, copiar toda la documentación (sellos, logos, tipografía, estilo de comunicación, etc) e hizo un documento que aparentaba ser un documento oficial.
Se inventó que mi madre tenía un hermano que oh, trágicamente, había muerto y yo, claro, no estaba en condiciones para hacer el examen.
Le presenté el papel a la profesora, lo miró de arriba abajo, no vio nada raro, me miró a los ojos y le aguanté la mirada mientras decía lo siento mucho, puedes hacer el examen otro día.
No siempre fui la mejor persona.
Pero ese papel me salvó de no repetir la asignatura y acabar toda aquella tortura llamada educación universitaria.
Un papel que aparentaba ser lo que no era.
Vivimos en un mundo de apariencias, de superficie, de plástico, de sensaciones, de feeling instantáneo, de si te he visto 1 segundo te conozco y te juzgo.
Es importante dar la apariencia adecuada. Mucho, muchísimo.
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El Migui.

