
De niño era muy fantasioso. Tan fantasioso que bebía Fanta a todas…ok paro.
Nah, de verdad. De niño era tan fantasioso, pero tanto que mi madre me decía:
No fantasees que siempre va a ver alguien mejor que tú.
No fantasees que luego la hostia duele más.
No fantasees que luego todo son fantasmas.
Supongo que la vida predeterminada con escuadra y cartabón es más segura, predecible, limpia y huele mejor.
¿Quién no quiere domingos por la tarde? Supongo que todo el mundo.
O no…
De niño era tan fantasioso que iba disfrazado al colegio de Power Ranger o de Indio o de Vaquero o de extraterrestre de Mars Attack.
De niño era tan fantasioso que me permitía ser quién yo quisiera ser.
Cada día un personaje.
No había límite, no había vallas, no había nada a lo que agarrarse ni ningún lugar al que llegar.
Entonces, ¿por qué dejar de ser niño?
Emprender no es otra cosa que jugar.
Jugar a ser quien tú quieras ser, a ganar lo que tú quieras ganar, a vivir como tú quieras vivir.
¿Fuera de eso? Corsés, etiquetas, postureos.
De niño era tan fantasioso que me dije que cuando llegara a adulto no dejaría la fantasía ni un momento.
Me sentía tan bien, tan libre allí. Así que de mayor haría lo mismo. Fantasearía.
Por esa razón me gusta decidir lo que quiero o no quiero hacer.
Por esa razón emprendo y por eso decido cuánto quiero ganar.
Sí, todo empieza en una fantasía de cuánto quiero ganar.
Primero va el sueño, después va la matemática.
Pero primero me permito fantasear porque ya la vida te cogerá del pecho, te tirará contra el asfalto y te escupirá en la cara.
Precisamente por eso me permito soñar.
Justamente, precisamente, exactamente porque la vida ya se encarga de decirme que no.
Por eso fantaseo.
Y la primera fantasía de este joven adulto es…
¿Cuánto quiero ganar hoy?
https://miguelvz.com/narrativa-org/
Vàzkoskiano.

