
Voy andando por la calle y veo a uno de esos tipos de Acnur/Médico Sin Fronteras/Organización “sin ánimo de lucro” con su carpetitas y sus gestos extraños para que la gente pare.
Mucha gente los evita.
Son como apestados.
Ellos están jugando al balón prisionero o como se llame el juego que jugábamos de niños donde uno tenía que cruzar al otro lado de la pista de fútbol sin que le tocara.
Yo, sin embargo, quiero que me miren.
Quiero que me digan “Ey, ¿tienes un segundo?”
Quiero que me miren a los ojos.
Quiero que me toquen.
¿Por qué? – pensarás, oh mi querido feligrés.
Porque quiero rechazarles.
Quiero decirles “no”. Quiero ese placer de saber que ellos quieren algo de mí pero yo en mi magnificencia y soberbia se lo deniego.
Se lo rechazo como el que tiene sed, pide agua y él inclemente no cede ante sus deseos.
Me siento un pequeño Dios tirano al rechazar.
Me siento una diva en mitad de la discoteca.
Es un placer extraño.
Lo que ocurre es que yo he estado al otro lado del escaparate.
Sé del inmenso placer de parar a alguien por la calle, decirle tres tonterías, sacarle una sonrisa, que ese sea el gancho del inicio de una conversación y acabar vendiéndole una suscripción a Acnur.
Sé que el que más placer puede sentir de los dos es el otro si sabe vender bien.
Hay placer en rechazar, pero el saber que alguien no quería algo, ilusionarle y venderle…
…esa sensación sí que es única.
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El Migui.

