
Una vez le presupuesté a un cliente 4 cartas.
Al cliente le pareció una barbaridad de caro.
¿Y a mí? Una barbaridad de barato.
Íbamos a enviar las cartas a casa de cada uno de sus alumnos.
Le llegarían en un sobre azul y en una carta azul.
“Cómo el cielo, como el aire, como el mar” – Le susurré al oído para que aceptará mi más que generosa propuesta.
Pero cuando vió el trabajo (mi trabajo) le pareció caro, una pérdida de tiempo.
“Nadie lee”, me dijo.
Vaya, entonces mis clientes deben ser todos ciegos porque me gano la vida escribiendo a pelo.
No usamos esas cartas.
Una pena.
Porque iba a funcionar. ¿Cómo lo sé? Son cosas que sabes. Sin querer intuyes que una calle es peligrosa y al día siguiente ves una noticia de que ahí atracaron a alguien.
Lo sabes, lo intuyes. Ese trabajo era así.
No se usó el trabajo pero iba a funcionar porque la gente tendría esas preciosas cartas azules en sus manos.
Y sé que leerían lo que ponía en esas cartas.
Lo leerían una y otra vez.
Y pensarían, ¿pero cómo cojones este tío ha escrito esto? Voy a volver a leerlo.
Y los clientes tendrían la sensación de que tendrían el control de la situación porque tendrían las cartas en su mano.
Ellos controlarían las cartas.
Pero en el fondo esas cartas les controlarían a ellos.
Iba a ser bonito.
Supongo que demasiado bonito como para ser cierto.
Una carta de ventas es un lugar al que ir una y otra vez.
Es un lugar para repetir.
Y si repites es que te gusta.
Siempre estás a una carta de ventas de distancia.
Siempre.
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Migui.

