
Un día escuché en una entrevista a una copywriter decir que “enviar un email al día era drenante”. Como diciendo “soy tan floja que no soy capaz de poner en práctica (lo que se supone) es mi mayor habilidad a diario”
Bueno, esta persona no tenía ninguna mayor habilidad porque según me cuentan cerró el negocio por mala.
Mi caso es completamente diferente. Hace 13 días que no envío ningún correo a esta oh-gran-lista de contactos y estoy que me subo por las paredes. ¿Razón? Acabo de tener un hijo.
Iker.
Nació el día 3.
Es un razón más que suficiente para no enviar correos. Estar con la familia, cuidar, proteger, proveer.
Pero, ¿sabes qué? Tengo tantas ganas de escribir, tengo tantas ganas de hablar, tengo tantas ganas de vivir y de compartir conocimiento que no me aguantaba sin escribir.
Sin comunicarme, sin expresarme, sin hacer lo que he venido a hacer a la vida. Y más ahora con un hijo (dos hijos, en realidad) a los que dejar un día el testigo.
Me gusta demasiado mi trabajo.
Teclear algo, rellenar un lienzo con palabras, que esas palabras le toquen a alguien, que ese alguien intercambie dinero por valor contigo…no sé…me parece algo increíble.
A más tiempo pasa, más increíble me parece que funcione.
Ya está. Ya vuelvo a enviar un correo al día. Ya no aguanto más. Hay demasiado por hacer. Tengo demasiadas cosas que compartir. Tengo demasiado que contar. Así que vuelvo a enviar un email al día.
“Drenante”, dice jajaja jodida loser…
Si por mi fuera enviaría 2, 3 o 4 correos al día. ¿Quién sabe? Quizá algún día lo haga. De todos modos ya lo hago muchas veces.
Y es que hay muchas cosas que hacer. De hecho, está todo por hacer.
La aventura solo acaba de empezar…
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Migui.

